Alta Edad Media

Siendo viernes de Semana Santa en el culto de las siete palabras miraba la cruz y mi nombre escrito sobre Él, mi Rey muriendo por mi, Jesús Nazareno el Rey de los judíos, mi Rey. Me sentía Judas pues sentía que vendí a mi Señor por los placeres del mundo y todo lo que hay en el, un traidor. Me sentía Pedro pues a pesar de saber de Él desde que tengo memoria, muchas veces lo negué con mis labios y mis actos. Cuántas lágrimas tanto de arrepentimiento y gozo tuve aquellos días, cuánta sanidad tenía mi alma como niño recién nacido que lloraba por sus primeros respiros. Algo claro era que sentía la necesidad de retribuirle su amor y gracia, pero rápidamente me di cuenta que ni toda mi vida, ni todas mis fuerzas, ni todo el tiempo de la eternidad pagarían ni una gota de la sangre que el Justo derramo por mi, lo único que podría dar es la vida que Dios me dio, vida que aún a Él le pertenece como todo aquello que ha sido creado. Grandes fueron las obras que Dios hizo en mi vida en muy corto tiempo y cuán asombrado de que Dios el Soberano pudiera llamar tan irresistiblemente a un vil hombre tan corrompido y muerto como no existe ejemplo en la naturaleza.

Esa semana el Espíritu me convenció de pecado en muchas maneras, primeramente deje de escuchar las voces demoniacas y nunca más las eh oído, las ilusiones se desvanecieron y vi la realidad, la musica mundana que estaba en mi computadora se fue a la basura, los vídeos musicales también y las películas de terror fueron borradas, personas dañinas a mi vida fueron bloqueadas de mis redes sociales y tire cada libro que iba en contra de mi Señor. Sentía un miedo a lo que los demonios me pudieran hacer en represalia y me pudiesen hacer daño a mi o a mi familia.

Mi madre me había comprado alrededor de diez libros de devocional juvenil que yo me negaba a leer cuando era incrédulo, pues con determinación me levanté y comencé a leerlos, un hambre por Dios y su verdad me hicieron ver mínimo tres predicciones y leer alrededor de cinco capítulos por día. Comencé a leer un libro sobre el propósito que Dios tiene en la vida del hombre en un plan de cuarenta días y fue una delicia, el Señor me empapaba la mente con su Palabra y desechaba los pensamientos horrendos que el enemigo me había implantado. Cuanta delicia eran las oraciones de aquellos días, como un niño que habla por primera vez con su Padre que lo ama tanto, conociendo al Padre, a su amado Hijo y aprendiendo a escuchar su Espíritu Santo. Que dulce, dulce, dulce comunión sentía en esos días, días de maravillas en mi vida y descubriendo como Dios me quería hacer como Jesús, un fuego ardía en mi corazón y me satisfacía como nada en este mundo pudo siquiera intentarlo. Nunca, nunca, nunca me quiero separar de ti Señor, pues ¿A donde iré? ¿A quién iré? Sólo tú me satisfaces, sólo tú das vida.

El lunes después del Domingo de resurrección tenía que regresar al colegio y lo que pensé era: “Tengo que decirle a todos que Dios si existe, que estaba equivocado, que Él es real, que tienen que creer en Él y darle su vida a Él, rendirse a Él.”, sin embargo el temor a la burla quiso apoderarse de mi pero Dios me dio la fuerza y les dije ese día a todos mis amigos que yo era verdaderamente cristiano y que ahora viviría para Él. Conociéndome mis amigos sobre mi vida pasada se rieron pues pensaban que era una broma, sin embargo me empeñe a esforzarme para que mi fe fuera vista por mis obras para que así todos dieran gloria a Dios, que sólo la Gloria sea Dios.

Dios me había cambiado deje de ir cada viernes con mis amigos a emborracharme, deje de ir a las fiestas para hacer actos inmorales y perversos, deje las grocerias, el odio y la envidia por los millonarios. Mejore un poco mi rendimiento escolar y empece a leer la Biblia en mi salón de clases, les decía a mis amigos que leyeran conmigo la Biblia, claramente su incapacidad humana no les permitía entender las verdades del Reino pero yo hacia el intento. Muchos de mi “amigos” me dejaron de hablar y mis familiares se opusieron a mi, me di cuenta que quien quiera seguir a Cristo sufrirá en este mundo, ¡pues claro! el mundo odia a mi Señor, el mundo me odiara a mi. Me di cuenta que la vida cristiana no es fácil, atacado por el mundo, atacado desde la musica, atacado desde la televisión, atacado desde el internet y las redes sociales, atacado en los anuncios en la calle, atacado en las plazas, atacado por el maligno y sí faltaba algo más el peor de todos mi carne. No se porque suponía que al volverme cristiano y habiendo tenido una experiencia tan excelsa como la de mi conversión sería al instante santo y por siempre viviendo en santidad. Mi carne la que está conmigo todo momento, que me da dolores, hinchazón de piel y alergias por todo, además me recuerda los placeres de este mundo y me grita que satisfaga sus deseos pecaminosos. Oh Señor cuánto anhelo el cuerpo glorificado, no este envase que es tan mundano e imperfecto, entiendo las palabras del apóstol Pablo a la Iglesia en Roma al decir: ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?

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